sábado, 21 de enero de 2012

Obra de Teatro " Decir sí " - Griselda Gambaro



Estreno 29 Diciembre 1997 - Teatro “El Galpón“ Luján – Bs. As. Argentina

Elenco : Fernando Pèrez – Hernán Rebottaro
Direcciòn : Liliana Motto
Asistencia Técnica : Andrea Friscia
Iluminación y Musicalizaciòn : Javier Korito
Escenografìa : Adriana Salvitelli


“Decir sí” es una obra de teatro breve que fue estrenada en el contexto de Teatro Abierto en el año 1981 de Griselda Gambado.

La misma transcurre en el interior de una peluquería y tiene sólo dos protagonistas. El Peluquero y Hombre. El peluquero ojea una revista mientras espera que llegue su último cliente del día.
La actitud del peluquero, ante la llegada del cliente (no saludarlo, darle la espalda para mirar por la ventana) constituye el primer indicio de ruptura con la cotidianeidad, con los códigos de comportamiento socialmente aceptados. Ambos personajes entablan una relación que transgrede la figura convencional del peluquero, largamente codificada en las distintas expresiones estéticas del costumbrismo argentino. Esta vez, el cliente es el que charla, el que canta, el que busca adular y complacer, el que nunca manda, el que jamás tiene razón. Frente al enigmático mutismo del peluquero, el cliente asume todo el peso del discurso verbal. El peluquero compensa con el silencio la verborragia del cliente y se comunica, casi exclusivamente a través de signos no lingüísticos (deixis gestuales, expresiones faciales significativas, etcétera) y de signos paralingüísticos (entonación, intensidad, ritmo, timbre). El cliente, por su parte, decodifica, aterrado, los silencios, los gestos, las miradas y las vagas palabras del peluquero, como órdenes a las que obedece sin rebelarse. Así, limpia el sillón, junta los pelos del piso, desempaña el espejo y termina afeitando y cortándole el cabello al propio peluquero. Convencido de que su indisimulable falta de destreza provocará la ira de éste, el cliente culmina "confesando", aceptando la responsabilidad de una supuesta culpa. El peluquero, aparentemente indignado, le propone -siempre por medio de una gestualidad inquietante- invertir la situación. Invita al hombre a sentarse en el sillón pero, en vez de afeitarlo, lo mata directamente.
La obra se centra en un tópico de gran importancia para la literatura universal: la relación dominador-dominado. Ha sido juzgada por las crónicas de su estreno como una metáfora sobre los complejos mecanismos del poder tiránico, basada en la relación entre víctima y victimario.






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